La formación en ética se convierte con demasiada frecuencia en un mero trámite en lugar de una preparación para decisiones reales.
Las decisiones éticas rara vez son blancas o negras. Cada día surgen zonas grises, prioridades en conflicto y difíciles disyuntivas.
Las organizaciones operan bajo un escrutinio sin precedentes, con unos medios sociales y tradicionales capaces de amplificar rápidamente cualquier conducta indebida.
Las conductas indebidas suelen denunciarse poco, por lo que las organizaciones desconocen los problemas hasta que se agravan.
Los malos comportamientos se abordan con demasiada frecuencia tarde, lo que erosiona la confianza del personal en la dirección y en la organización.
Los responsables pueden minimizar o desestimar las preocupaciones, sobre todo cuando alzar la voz podría cuestionar prácticas establecidas o sacar a la luz temas incómodos.
El miedo a las represalias sigue impidiendo que la gente alce la voz, lo que mantiene ocultos los riesgos éticos.